El Sembrador

Reflexiones para el Crecimiento Espiritual ……………………………………Instituto del Verbo Encarnado

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Hijo Prodigo

ESCOJO

 

¿Puedo escoger?

 

Pues bien: escojo.

 

Quiero ser “joven de carácter”.

 

Quiero vivir de manera que mis nobles acciones, mis palabras y mis pensamientos puedan revolotear en torno mío con alegría encendida, cual aves cantoras. Y después de mis acciones y pensamientos, quiero sentir cómo en un abrazo suave, atrae mi frente limpia mí mejor Amigo, mi Dueño, mi Padre, nuestro Señor Jesucristo, y en ella deposita un beso de recompensa.

 

¡Sí! ¡Yo me pongo al lado de Jesucristo, y nunca le seré infiel!

 

¡NUNCA! ¡NUNCA!

 

 

 (Mons. Tihamér Tóth, “El Joven de Carácter”, Nueva Edición, 2009)

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Joven ÁgaveTRISTE NOCHE DE AÑO NUEVO

No olvides, hijo mío, el único pensamiento que vibra en cada frase de este libro: en ti está latente un tesoro inmenso; y es: tu alma inmortal.

Obligación tuya es adornar tu alma para que sea lo más ideal posible, lo más hermosa, lo más rica en nobles virtudes.

La vida eterna de todos estará en consonancia con la seriedad y esmero que hayan puesto en el perfeccionamiento de su alma en la vida terrena.

Hay una planta interesante, el ágave. Se cuenta que sólo florece cada cien años, pero su flor tiene una belleza incomparable. Se prepara durante cien años para aquel día de esplendor; reúne fuerzas, va vistiéndose con un trabajo silencioso que nadie nota durante la centuria. Cuando llega la hora, despliega los pétalos frescos de su flor y cautiva con su hechizo a los hombres que van a admirarla.

Amado hijo: tú también debes ser un ágave en flor.

Debes aplicar todas tus fuerzas en alcanzar este único propósito: tengo que hacer brotar en mí la excelsa flor que se llama carácter.

Soy un ángel que crece.

Soy un capullo que se abre.

Soy un sembrado que promete.

Trabajaré sin cesar en mi alma durante mi juventud; podaré los retoños silvestres; reuniré fuerzas para llegar a ser un hombre de carácter en quien encuentren satisfacción los mismos ángeles del cielo.

Hay que redimir al alma, y el precio de este rescate es el combate. Los deseos del cuerpo no se compaginan con los anhelos elevados del alma, y entonces estalla la lucha. La gran lucha por la libertad del alma.

La cuestión es saber quién en la casa debe ser el dueño: ¿el señor o el criado? ¿Quién debe tener en sus manos el timón del buque: ¿el capitán o el fogonero? ¿Qué ruta debe emprender el barco de mi vida: ¿deberá errar entre rocas y escollos, abriéndose una brecha en el costado, padeciendo continuamente; o ir como la flecha despedida del arco, hacia el puerto de la patria? Al final de todo, ¿dónde debe atracar el buque?: ¿en las playas de la felicidad perdurable o en la desesperación de la ruina sempiterna?

Pues bien: ¿no vale la pena luchar por un buen fin?

Un escritor célebre, Jean Paul, describe de manera conmovedora la desesperación íntima de un hombre que naufragó en su fe.

 “En la noche de Año Nuevo, un anciano medita solitariamente, junto a la ventana de su cuarto. Con angustiosa mirada observa el cielo impasible, brillante, lleno de estrellas; la tierra silenciosa, envuelta en un manto de nieve. No hay en este mundo un corazón tan árido como el suyo ni alma tan atribulada. El sepulcro se abre ya ante sus pasos; él se encamina a la fosa y, espantado, nota que por equipaje de su vida, no trae más que un enjambre de errores y de pecados; un cuerpo quebrantado por los placeres y un alma envenenada. Como fantasmas aterradores, se arremolinan en su memoria los días hermosos de la juventud: aquella espléndida mañana de mayo en que su padre le puso por vez primera en el sendero de la vida para él desconocida. Aquel momento fatal, en que él, un joven de sonrientes esperanzas, pisó, en vez del camino pedregoso, pero apacible, de la virtud, del cumplimiento del deber y del trabajo, aquel otro de la voluptuosidad y del pecado; camino que le prometía gozo, pero arteramente lo precipitó al abismo. Una pena indecible tortura el corazón del anciano, cuando sollozando grita en el silencio de la noche: ¡Oh! ¡Si pudieran volver otra vez los años de mi juventud! ¡Oh, Padre mío, colócame otra vez en el cruce de los caminos de la vida, para que pueda escoger de otra manera!

La queja sollozante del anciano se pierde sin respuesta en el silencio de la fría noche invernal. No tendrá ya ocasión de escoger…”

Pero tú, hijo mío, estás aún ante el cruce de los caminos. Tú puedes escoger aún el camino recto.

No seas primavera sin flores.

No seas cielo sin estrellas.

No seas joven sin ideales nobles.

 

(Mons. Tihamér Tóth, “El Joven de Carácter”, Nueva Edición, 2009)

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Hombre de carácter”, católico y patriota 

¿QUÉ QUIERES SER?

¿Qué quieres ser? Así, de momento, tal vez te parezca que me interesa saber la carrera que piensas elegir. No. No pregunto si serás médico o comerciante, ingeniero o sacerdote, abogado o industrial. Adonde quiera que vayas, en cualquier dirección que te empujen tus inclinaciones, tu vocación, las circunstancias, para la sociedad casi viene a ser igual. Pero lo que no es igual es que adonde quiera que vayas, allí seas hombre íntegro y cumplas tu deber.

Por lo tanto, al preguntarte ahora antes de despedirme, ¿qué quieres ser?, te pregunto propiamente si has meditado ya cuál sea el fin, el deber del hombre en este mundo. Porque hasta los animales más pequeños, aun el último granito de arena tienen un fin, un significado y una relación estrecha con el gran universo. Es difícil descubrir a veces este fin, esta relación íntima; pero ello no se opone a que exista en verdad.

Pues bien, ¿sólo el hombre se quedaría sin un fin determinado? No; de ninguna manera; tiene uno muy elevado.

Y, ¿cuál es éste? ¿Cuál es tu meta? La gloria de Dios y tu propia felicidad.

¿Qué significa esto? Significa que debes poner en juego todas tus fuerzas para realizar por completo su esencia, el contenido de tu vida.

En otras palabras, has de ser hombre de carácter.

¿Quién es el hombre de carácter? El que sabe luchar firmemente contra todos los males morales.

 

“Hombre de carácter”, católico.

 

“Hombre de carácter”, católico y patriota.

¿Quién es el “hombre de carácter”, católico? El que en este mundo falso y engañador, en el que nadie muestra su verdadera cara y todos quieren parecer distintos de lo que son, procura formar un valor real, un carácter incontrastable.

¿Quién es el “el hombre de carácter”, católico y patriota? El que demuestra su amor a la patria, no con palabras, golpeándose el pecho, sino que la sirve con una vida honrada y con el fiel cumplimiento de su deber.

¡Hijos míos! ¡Estudiantes! Trabajen todos para llegar a ser verdaderos “hombres de carácter”, que aman vuestra religión y vuestra patria.

La poderosa nación de la antigüedad levantó un templo espléndido en Roma bajo el nombre de Panteón y amontonó en él todos los dioses de los países conquistados. Ídolos cada cual más extraño,  se reunían en el templo, levantado en honor de “todos los dioses” y edificado con arte incomparable. Y en medio de la pompa de las magníficas columnas corintias y de los tesoros acumulados del culto de entonces, resaltaba con deplorable contraste la aglomeración de los ídolos: señal de los tanteos inciertos del alma humana.

Un día, a principios del siglo IV después de Cristo, llegaron viajeros extranjeros a Roma: cristianos venidos de lejanas tierras. El pequeño grupo entró también en el Panteón y, al echar una mirada a los rostros exóticos de los innumerables dioses paganos, su alma sintió el hálito de una tristeza sin nombre. Uno de ellos sacó del pecho un pequeño crucifijo y lo depositó entre las estatuas de los ídolos gigantescos. La pequeña comitiva salió del templo en silencio…

Pues mira, hijo mío, ahí tienes el símbolo de la lucha del joven cristiano de nuestros días en el Panteón de los ídolos modernos.

Al salir de la escuela y alistarse en la vida, tu alma noble también sentirá el hálito frío del paganismo moderno, y notarás que en este mundo, donde no hay sino competencias, afán de lucro o de brillo, en el que los unos pisotean a los otros, has llegado a un Panteón pagano. Y en él, ante todos los ídolos de muecas atroces, de la boca mentirosa, de pulmones insaciables, se inclinan los hombres hasta el suelo; sólo para el culto del Dios verdadero hay cada vez menos lugar.

Y, quieras o no quieras, debes alistarte tú también en este paganismo moderno. Debes entrar en el Panteón; pero no debes hacerte pagano. Si tú, hijo amado, llevas sobre tu pecho y en tu alma la cruz de nuestro Señor Jesucristo, y vives según su espíritu hasta en el mundo actual, entonces también tú depositarás tu diminuto crucifijo en medio de tu pequeña comitiva, tus parientes cercanos y conocidos, y más tarde, en tu oficina y en tu carrera. Así despedirás luz, alegría, darás ejemplo; así, de “joven de carácter”, te harás “hombre de carácter”.

(Mons. Tihamér Tóth, “El Joven de Carácter”, Nueva Edición, 2009)

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Espíritu Joven

JUVENTUD MÍA,

VUELVE

Y ESCUCHA

Es interesante que los hombres nada recuerden con más gusto, que su juventud. Hombres avanzados de edad, hombres serios, se conmueven en cuanto hablan de los años de su juventud.

¿A  qué obedece esto? A que los años de la juventud forman la época más hermosa de la vida. De todas las estaciones, la más sugestiva es la primavera, la época del desarrollo, de la floración; y la juventud es la primavera de la vida.

Mira el árbol en su desarrollo. ¡Cómo se despliegan sus vigorosas energías en crecimiento y salud juvenil! Ante el alma del joven, se abren día tras día nuevos y nuevos territorios del gran mundo. Su fantasía es fresca, su memoria viva, se alegra del presente y va tejiendo continuamente el cuadro de la esperanza del porvenir que brilla en matices de mil colores. Nos parece verdaderamente como un árbol rebosante de lozanía que se abre en flor en pleno otoño.

Es también hermosa la juventud, porque aún no han tocado su alma virginal las mil y miles de preocupaciones de la vida.

“¡Vaya si tengo preocupaciones! – objeta alguno de vosotros.

“¡Y las lecciones de matemática, de literatura!”

¡Ah, hijo mío, si nunca tuvieras mayores preocupaciones en la vida! Pero está bien como está. Tienes derecho a que los años de tu juventud no se amarguen con otros desvelos.

Pero la juventud sin inquietudes no quiere decir una juventud despreocupada. Por desgracia, hay quienes se creen que el no tener preocupaciones, es lo mismo que ser despreocupado. Son los que no aprovechan bien su juventud y malgastan ligeramente los años que ya nunca vuelven. Y, sin embargo, el que no aprovecha bien su juventud según los planes de Dios, es decir, para que sirva de preparación a la edad madura, tendrá una juventud que llegará a ser un sueño descabellado en la aurora de la vida, y a la que seguirá en la edad madura un amargo despertar.

Acuérdate de que ut flos vel ventus, sic transit nostra juventus. “Nuestra juventud pasa como la flor o el viento”.

Lo sé muy bien: “Hasta el justo cae siete veces al día”, y los jóvenes también caen muchas veces, resbalan, y tropiezan en la vida moral. Es triste, pero es muy humano; y esto no quiere decir todavía que es una juventud pervertida.

Tan sólo me da espanto el porvenir de aquellos que retroceden de una manera cobarde, sin resistencia, ante las malas inclinaciones que bullen en todos los hombres; que saben cuán imperfecta es su alma, pero no les importa; que no toman en serio la propia formación.

Mi ideal es el joven de carácter.

El joven que sabe reconcentrar su fuerza de voluntad, que sabe mandar a sus sentidos, que sabe vencer la cobardía y la blandura.

El joven que sabe tener en justa estima su alma inmortal y sabe luchar por conservarla pura.

El joven que educa su sentimiento, educa su alma y aun después de largos estudios, sabe sonreír con el espíritu inundado por el sol.

 Mi ideal es el joven que en el estudio es el más diligente; en la oración, el más fervoroso; en el juego, el más alegre.

Y, ¿cómo deseas ser tú?

 

(Mons. Tihamér Tóth, “El Joven de Carácter”, Nueva Edición, 2009)

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La Alegría Cristiana, alcanza las cumbres de la santidad

La Alegría Cristiana, alcanza las cumbres de la santidad

GAUDEAMUS IGITUR

“Alegrémonos mientras…”

Gaudeamus igitur invenes dum sumus. “Alegrémonos mientras somos jóvenes”, dice la antigua canción de los estudiantes. Y tiene razón. La alegría pura es un medio para fortalecer la voluntad. Es fuente de vigor, es eficaz protección contra el pecado. Lo que haces con alegría, te resultará fácil.

La alegría es rayo de sol y de él brota vida. Pero el rayo de sol destruye también el moho, la podredumbre, renueva el aire putrefacto; la alegría noble tampoco deja lugar a que hablen las bajas inclinaciones que nos inducen al pecado.

Pero cuidado con una cosa, hijo mío; mira qué entiendes por alegría. Es interesante ver cuán diverso es el sentir de los hombres respecto a este punto. Para algunos hombres alegría es sentir en la cabeza el vaho del vino; es alegría la sala de un café en que el humo del tabaco no deja respirar, las continuas diversiones, la inactividad, los paseos, gritar descontroladamente, etc.

Pero te veo con otras aficiones. Para ti será alegría el bosque en que se oyen los trinos de los pájaros, el campo que exhala de perfumes de millares de florecitas, el deber cumplido con exactitud, y después el juego con regocijo y el sin número de ratos agradables en que abunda la vida del joven, como campo vestido de flores vistosas. Sacar de ellos la miel de las pequeñas alegrías, es precisamente uno de los deberes más hermosos del arte de vivir.

La alegría verdadera brota sólo de una conciencia limpia y tranquila. Si la conciencia nos apremia y nos remuerde, será vano nuestro esfuerzo por estar alegres. El que buscase en el pecado su alegría, lea la inscripción que hay sobre la tumba de un estudiante en el cementerio de Bolonia: O quam fragilis, nosce, ruit voluptas. “Aprende cuán fácil es la voluptuosidad, el placer”.

Con una juventud, cuyo ideal es la embriaguez, la fiesta prolongada hasta la mañana y el sueño hasta la noche, el derroche del dinero y la inactividad, no podemos esperar un risueño porvenir para la patria. El pagano Séneca hace constar con aire de reproche, que había en su época “hombres que invertían los papeles de la noche y el día, y después de la embriaguez del día anterior, sólo abrían sus ojos a la vida normal en la noche siguiente”. Sunt qui officia lucis noctisque perverterint, nec ante diducant oculos hesterna graves crápula, quam adpetere nox coepit (Epist. mor, 205). ¡Quién sabe si no podría dirigirse el mismo reproche a muchos jóvenes de nuestros días!

Malgastan un inmenso caudal de puras y verdaderas alegrías, de nobles entusiasmos, de tiempo precioso, de dinero ganado por otros entre sudores, aquellos jóvenes dignos de compasión, que pasan sus años de estudios en juergas que duran hasta la madrugada. ¡Quién podría decir cuántos jóvenes de halagüeñas esperanzas han destruido su talento en medio de las embriagueces de los años universitarios! El joven que se entrega a la bebida, caerá forzosamente; lo consignó ya San Jerónimo, al escribir: Vinum et adolescentia dúplex incendium voluptatis. (Epist. ad Eust) “El vino y la juventud son un doble incendio de voluptuosidad”. Por esto escribió Salviano en la losa sepulcral del imperio romano, tan poderoso un día: Sola nos morum nostrorum vitia vicerunt. (De gubernatione mundi, 1, 7, c. 23) “La única causa de nuestra caída fue la inmoralidad”.

Entiéndeme bien. No quiero verte ceñudo y entristecido, que pierdas toda alegría. ¡De ninguna manera! Sé un joven alegre, dichoso, jovial; pero no seas un jovencito ligero, vacío, vicioso, sin valor.

No te encargo que siempre te las des de valiente y vayas buscando el peligro; pero tampoco quisiera que empezases a silbar de puro miedo, al quedarte solo en un cuarto oscuro.

No quiero que seas un acróbata; pero me alegra verte jugar en el agua, cuando te deslizas entre las olas con la velocidad de una serpiente y cuando llevas con tal vigor la bandera en la clase de gimnasia, que pareces tan firme como el roble.

No te digo que vayas con la cara sombría, pero me gustaría que al reírte, pudieras hacerlo siempre con un corazón puro.

Me encantan los jóvenes alegres, vivaces, vigorosos; siempre me dan que pensar los jóvenes tristes, inactivos, envejecidos antes de tiempo. Los muchachos, que tristes se acurrucan en un rincón, están enfermos; o de cuerpo o de alma.

Sé, pues, siempre un joven alegre, sonriente, de cuyos labios brota el canto. Y gracias a un gran esfuerzo, por atención a los demás, sabe, en lo posible, mostrarte exteriormente alegre, aun cuando el corazón sangra en tu pecho; para esto necesitas una fuerza de voluntad que sobrepasa la habitual.

Demuestras aún más valentía si sabes conservar la alegría y tranquilidad interior, cuando te cerca la tristeza. “¿Estar triste? No. No lo permito. La tristeza no es mi elemento de vida. ¡Al fin y al cabo debo tener tanta fuerza de voluntad que pueda dirigir yo mismo el barómetro del día de hoy, predecir el tiempo que habrá en mi alma! No me abandonaré nunca a la tristeza”.

“¿Nunca? ¿Y si he cometido alguna falta? ¿Si he caído en pecado? ¿Si no me arrepiento antes de la confesión?” Ni siquiera entonces debes caer en la tristeza, porque de esa tierra no brotaría vida; no debes lamentarte inútilmente, sino que hasta las mismas lágrimas de arrepentimiento se deben iluminar con el arco iris de la alegría de una vida nueva, más noble, más pura, que te espera después del arrepentimiento.

 

(Mons. Tihamér Tóth, “El Joven de Carácter”, Nueva Edición, 2009)

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“Hemos sido creados para conocer, amar y servir a Dios en esta vida y después verlo y gozarlo en la otra”.

“A LOS PIES

DEL SEÑOR”

Mi libro va acercándose a su término y te sorprenderá acaso que, después de exponer todos mis pensamientos respecto a la formación del carácter, haya dejado para el fin el medio más importante: la imitación de nuestro Señor Jesucristo, modelo sublime de todo carácter humano.

Si crees que lo he dejado al final de todo, te engañas. La necesidad del amor a Dios, el consejo de una vida profundamente religiosa, brilla en cada línea del libro. Pero no he escrito más detenidamente de ello, porque después de El joven de carácter seguirán otros dos libros, dedicados exclusivamente a meditar las relaciones que existen entre Dios y el alma del joven.

Por otra parte, sentirás sin dificultad en cada línea de este libro que, apoyándose en una base religiosa, resulta más fácil formarnos rectas normas de vida y permanecer fieles a ellas, es decir, “tener carácter”.

Has leído en cada paso de este libro el encargo de escoger una dirección determinada, principios de vida, un fin, rectos conceptos, y el consejo insistente de que a ellos ajustes tu conducta. Esta es, debes decir, la dirección de mi vida y no me desviarán de ella ni lecturas, ni pruebas, ni amigos. Sé que sólo tendré una vida bella, feliz, si me hago, según las palabras de San Pablo, vinctus Christi (A Filemón, 9), es decir, si ato mi voluntad a Cristo.

Sólo el que tiene la raigambre de su alma en Dios, y sobre Él edifica toda su vida, puede tener un carácter realmente fuerte.

El ala más vigorosa de la voluntad es la oración, y el medio que da más eficaz auxilio para toda formación de carácter, es la vida realmente religiosa; en ninguna parte encontramos un blanco tan seguro y elevado, y estímulos tan poderosos para la autoeducación, como en las primeras palabras del catecismo: “Hemos sido creados para conocer, amar y servir a Dios en esta vida y después verlo y gozarlo en la otra”.

Tanto adelantarás en el camino del carácter, cuanto más te acerques día tras día a la semejanza del ideal sublime de todo carácter… a nuestro Señor Jesucristo.

 

(Mons. Tihamér Tóth, “El Joven de Carácter”, Nueva Edición, 2009)

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human minds

EXAMINAS TU MENTE ?

ALL RIGHT ?

En los grandes trasatlánticos, hacia el atardecer, cuando los viajeros se retiran a descansar, un marino de vista aguda sube a la plataforma del mástil, y después de recorrer con mirada escudriñadora la vasta llanura de las aguas, con voz lenta, prolongada, grita: All right! “Todo está en orden”, podéis ir a descansar tranquilamente. Tú también, hijo mío, dedica unos momentos cada noche a echar una mirada escudriñadora en tu conciencia.

Todos los instrumentos, en que queremos acumular electricidad, antes hemos de aislarlos; de otra manera se escapa la corriente. Aísla también el alma de las olas tumultuosas que se agitan por doquier en el mundo, y cada noche dedica un rato a la meditación; ilumina tu alma. Donde no penetran los rayos del sol, allí se crían hongos venenosos y bichos de toda clase.

Antes de acostarte haz una pausa en el rezo de la noche, recorre con el pensamiento el día y pregúntate: All right? ¿Está todo en orden?

¿Qué he hecho hoy?

¿Qué he omitido de lo que debía hacer?

¿Lo he hecho todo bien?

Y si has faltado en esto o en aquello, has sido negligente o has pecado, levanta entonces tus ojos a Jesús sacrificado y di: “Señor, he pecado. Perdóname. Mañana será otro día”.

Benjamín Franklin, el hijo ilustre de Norte América, el inventor del pararrayos, procuraba con seriedad extirpar el más leve defecto de su alma. Bien sabía qué poderío tienen aun las cosas menudas sobre nosotros, y por esto hizo un tablero especial, en donde llevar cuenta cada noche de las obras que había hecho durante el día; se alegraba de sus victorias y deploraba sus defectos. Resumió en trece puntos las virtudes, que examinaba cada noche. Eran: moderación, silencio (evitar las palabras ociosas), orden, decisión, economía, diligencia, sinceridad, justicia, sobriedad, pureza, tranquilidad de espíritu, honradez, humildad.

“He anhelado vivir – escribe de sí mismo – de manera que no cometa pecado alguno; me he propuesto luchar contra toda mezquindad… Porque sabía, o por lo menos creía saber, lo que es bueno y lo que es malo, no era capaz de comprender por qué no podía obrar bien y evitar el mal

Era muy severo para consigo mismo; anotaba cada día en su tablero con unas crucecitas si pecó contra alguna de las virtudes. El balance de una semana, por ejemplo, era como sigue:

Tabla Boletin Nº89

¿No podrías tú también durante algunos años poner en práctica este modo excelente de propia formación reflexiva? Si acaso encontraras difícil esta vigilancia mediante el tablero, por lo menos nunca omitas el examen de conciencia unido a la oración de la noche.

En el entierro de los Presidentes de los Estados Unidos de América, todo se suspende durante cinco minutos. Cierran las tiendas llenas de movimiento, los trenes rápidos se paran en plena vía, los hombres en las calle se detienen… Todo queda envuelto en el silencio durante cinco minutos, para recordar el gran acontecimiento.

Y en la educación de tu propia alma, ¿no es bastante deber para imponer algunos minutos de silencio cada noche? Apártate del mundo exterior y haz serio examen de conciencia.

Ni qué decir tiene que debes ser inexorablemente sincero contigo mismo; a nadie podemos engañar tan fácilmente como a nosotros. ¿Qué es lo que verás en el fondo de tu alma?

Muchas veces cosas extrañas. Si te atreves a ser sincero contigo mismo, en más de una ocasión deberás hablar como habló Franklin después de un serio examen de conciencia: “Vi espantado, que tengo muchos más defectos de lo que me creía; pero por lo menos tuve la satisfacción de ver que van disminuyendo. Muchas veces me sentí tentado de dejar la cosa (el examen de conciencia); me hacía el efecto como si esta puntualidad concienzuda que exigía de mí mismo, fuese meticulosidad excesiva en cosas morales. No obstante, proseguí el ejercicio. Y aunque nunca haya llegado a la perfección completa que con ardor anhelaba, y de qué tan lejos me quedaba, no obstante me sirvió este empeño para ser un hombre mejor y más feliz de lo que hubiera sido sin él”.

Tú también notarás en ti mismo, por ejemplo, que debido a tu temperamento, te enfadas demasiado aprisa, o que te inclinas a la pereza, a reírte de los demás, etc. Pues no te tranquilices como tantos otros, diciendo: “Soy así; es mi temperamento. No hay manera de cambiarlo”.

¡Poco a poco! Precisamente aquí empieza el trabajo de la educación. Concedemos que no se puede suprimir la naturaleza, mutilarla con violencia; pero sí se la puede ennoblecer, levantar, es decir, se la puede educar. Podemos ejercitarnos en virtudes que se oponen a nuestros defectos y así poner orden en nuestras inclinaciones instintivas y desordenadas.

Sigue cierto orden en la educación de tu alma: en primer lugar, lucha contra las faltas que con libre albedrío y con la mente clara, contra la fuerte protesta de tu conciencia, sueles cometer. Si has puesto orden en ellas, lucha contra las precipitaciones y los descuidos más pequeños; y si has alcanzado victoria aun en este terreno, entonces aplícate a vencer las debilidades más insignificantes.

Si no sabes dominarte, no eres aún de carácter acabado. Es superfluo hacer constar que el primer requisito del dominio de sí mismo, es el conocimiento propio. ¿Qué tensión soporta la caldera? ¿Cuánto combustible necesita? ¿Qué válvula debe usarse con más frecuencia? ¿Hasta qué grado está deteriorada la máquina? ¿Dónde hay que ponerle más aceite?

¿Verdad, que a estas preguntas sólo sabrá contestar el maquinista que conoce a fondo su máquina?

Te aconsejo, pues, encarecidamente, que no busques respuesta tan sólo a esta pregunta: “¿Qué pecados he cometido hoy?”. Gracias a Dios, muchos jóvenes viven meses y meses sin ningún pecado grave. Hazte también preguntas de este género.

¿Cómo he podido ser tan cobarde, que por miedo a una sonrisa irónica, haya negado este o aquel noble principio?

¿Cómo he podido ser tan rudo, que por respeto humano haya hablado de una manera ofensiva de mi amigo?

¿Qué obras buenas, que he dejado de practicar, hubiera podido hacer hoy?

¿En qué hubiera podido ser más noble, más cortés, más puntual, más abnegado, más comprensivo?

¿He hecho algo para ensanchar el reino de Dios, sea en mi propia alma, sea en la de otros?

Y así sucesivamente. En muchas de estas cosas ni siquiera suele haber pecado; pero cabe muy bien la imperfección que puede destruir la armonía de tu alma.

No temas bajar al fondo de tu espíritu, aunque tuvieras que descubrir en sus profundidades un montón pululante de gusanos asquerosos. Cuantas más veces les dirijas el reflector del examen de conciencia, tanto más aprisa perecerán.

El buen examen de conciencia diario no consiste, pues, tan sólo en sacar cuentas sobre las obras del día, sino en procurar descubrir la raíz de cada falta. No sólo determino el mal, sino procuro dar también respuesta a esta pregunta: ¿Cuál ha podido ser la causa de que en este caso haya negado mis rectos principios? Hay que encontrar las raíces y destruirlas.

Y en estas ocasiones descubrirás cosas interesantes.

“¡Hoy me he enfadado tantas veces!”. ¿Por qué? “Una vez, porque no me gustaba algo en la comida y tuve que comerlo a pesar de todo; después, me interrumpieron el juego de la tarde obligándome a estudiar; tampoco he hallado el diccionario y en vano he revuelto todos mis libros buscándolo”.

¿De qué te arrepentirás en esta ocasión?

Y, ¿qué es lo que te propondrás? Ir con cuidado, pero, ¿en qué cosas? ¿En el enfado? No. Sino en no ser demasiado comodón y dado a regalo. Esta es la raíz del defecto, la que se debe extirpar.

“Hoy me he enfadado muchas veces”. ¿Por qué? “Un compañero reveló en casa que he dicho muy mal la lección de álgebra; y en la calle ha empezado a burlarse”. ¿De qué tienes que arrepentirte? ¿Del enfado? No. Sino de ser demasiado perezoso y egoísta.

Y así sucesivamente con todos tus defectos. Trata siempre de descubrir la causa, la raíz del mal.

Para algunos jóvenes la dificultad consiste en que el desarrollo del carácter no se hace en un día. Estaríamos dispuestos a resolver en un arranque generoso: “¡De hoy en adelante quiero ser joven de carácter!”. Pero no quieren comprometerse al trabajo minucioso, pequeño, continuo, que se necesita para formar el carácter.

Sin embargo, en esto de nada sirve la decisión amplia; aquí sólo cuentan las pequeñas victorias de cada día.

Tu examen de conciencia será aún más provechoso, si después de descubrir la raíz de tus faltas, escoges tu defecto dominante y luchas principalmente contra él, durante algunos meses.

Importa saber: ¿cuál es tu defecto dominante?

¿Recuerdas qué gritó Goliat al campamento hebreo? Escoged entre vosotros alguno que salga a combatir cuerpo a cuerpo. Si tuviese valor para pelear conmigo y me matare, seremos esclavos vuestros; mas si yo prevaleciere y lo matare a él, vosotros seréis los esclavos, y nos serviréis. (I Reyes, XVII. 3, 9). Pues bien, tu defecto dominante viene a ser una especie de Goliat. Si lo vences, ya dominas lo demás.

Cada joven tiene un defecto capital, del que provienen después todas sus debilidades. El uno tiene un temperamento rabioso; el otro miente con facilidad o por lo menos, “exagera”; un tercero es terriblemente cómodo, perezoso; el cuarto se inclina demasiado al sensualismo, etc.

Pues aprovecha la ocasión de la rectificación. Declaración de guerra a tu defecto capital. ¡Pero una declaración categórica! ¡Inexorable! Párate cada mañana en tu rezo y si, por ejemplo, tienes que luchar contra la ira precipitada, piensa de un modo concreto (naturalmente, para ello bastan algunos minutos) las ocasiones que pueden presentarse durante el día, en que te dejes llevar por la ira: en la escuela, en los descansos, durante el juego, en casa con tus hermanos. Después haz el firme propósito: “Venga lo que viniese, hoy quiero pasar el día sin cóleras, sin precipitaciones. Dios mío, ayúdame en ello”.

Durante el día procura repetir la noble decisión que tomaste por la mañana.

Por la noche, durante el rezo, examínate: ¿Has cumplido tu propósito?

¿No lo has logrado? Pues mañana debes ser más fuerte.

¿Lo has logrado? Con alegría da gracias a nuestro Señor Jesucristo.

En algunos claustros está vigente aún la costumbre de examinarse la conciencia mutuamente. Los religiosos se reúnen ciertos días, y cada uno de ellos va enumerando los defectos que ha notado en los demás.

Si tienes un amigo de confianza, tú también puedes aprovechar este medio, indudablemente muy eficaz, de propia educación. El ojo observador de otro, descubrirá tal vez manchas donde nuestro amor propio todo lo ve cubierto de nívea blancura. Alégrate si tienes un amigo, que con amor sincero te avisa de tus defectos.

(Mons. Tihamér Tóth, “El Joven de Carácter”, Nueva Edición, 2009)

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apenas conocemos el valor escondido en el alma, no tenemos idea de las pasiones que se desencadenan en su interior.

El valor escondido en un Alma

¿Qué es lo más difícil en el mundo?

Sonreímos cuando viene a caer en nuestras manos un mapa de los antiguos. Entonces había, naturalmente, grandes continentes desconocidos, sin explorar. En estas grandes zonas, los dibujantes de mapas, con una tranquilidad fantástica, escribían tan sólo lo siguiente: Hic sunt leones. “Aquí vienen los leones”.

Sí, sí; hay muchos estudiantes, que saben enumerar muy bien los metales nobles que se encuentran en las minas de los Montes Rocallosos, las fieras que viven en las selvas del Congo; pero apenas conocen el valor escondido en su alma ni tienen idea de las pasiones que se desencadenan en su interior.

El pagano Pitágoras encargó con solicitud a sus discípulos, que dos veces al día, en la mañana y en la tarde, se dirigieran estas tres preguntas: “¿Qué he comido? ¿Cómo he comido? ¿He cumplido todo lo que había que hacer?”

Sestió se hacía las siguientes preguntas cada noche: “¿Qué debilidades he curado en mí mismo? ¿Qué defectos he vencido? ¿En qué me he corregido hoy?”

El pagano Séneca escribe: “Tengo el hábito de examinarme cada día. Por la noche, al apagar las luces, repaso el día, y pongo en la balanza todas mis palabras y todas mis obras”.

Sólo quien se conoce puede mandarse a sí mismo y ser dueño de sí. El conductor, sólo domina la locomotora si la conoce hasta el último tornillo, si sabe qué presión resiste la caldera, cómo han de manejarse las válvulas, etc.

Pero, ¿sabes por qué no les gusta a los hombres hacer una inspección en su propia alma? Temen el espectáculo de la cantidad de sus defectos, debilidades, egoísmos y desamores. Quizás tú también te hayas encontrado ya en caso semejante. Hiciste, hablaste cosas, por las cuales los hombres te alabaron; sin embargo, si hubieras pensado sinceramente, habrías visto que esto lo dijiste por vanidad; aquello lo hiciste por egoísmo u obstinación.

Quien no conoce su propia alma, culpa con facilidad a los otros. “¡En vano; no tengo suerte!” – dice un joven después de “la suspensión”; sin embargo, si hablara con sinceridad, diría: “No tengo aplicación”. “En casa siempre me hacen rabiar” – dice otro. Tendría que decir: “Otra vez no seré tan insoportable y caprichoso”. No en vano estaba escrito sobre el templo de Delfos: “Conócete a ti mismo”.

Preguntaron a un sabio griego, Tales, cuál era la cosa más difícil en el mundo. El sabio contestó: “La cosa más difícil es conocernos a nosotros mismos; la más fácil es hablar mal de los demás”.

 

Conocerte a ti mismo es deber difícil, pero inevitable. Pregúntate a menudo:

¿Cómo es en realidad mi temperamento?

¿Qué deseos, qué fuerza, qué anhelos hay en mí?

A los otros les gusta tal libro, tal canto, tal música y, ¿a mí? ¿Lo suave o lo enérgico? ¿Lo serio o lo alegre?

Los otros son así en sociedad; yo, ¿cómo soy? ¿Tímido? ¿Inhábil?

¿Cuáles son mis ocupaciones favoritas? ¿Merece la pena gastar en ellas tanto tiempo, y quizás dinero?

¿Para qué me creó Dios? Él a cada uno le señala un fin; ¿qué fin me señaló a mí?

¿Qué fuerza especial, qué inclinaciones puso en mí?

¿Qué es lo que más me gusta?

¿Qué es lo que siempre me sale mejor?

¿Qué virtudes, qué cualidades buenas tengo? ¿Son tan pocas? Y, ¿no dependen de mí que se acrecienten?

¿Cuántos defectos tengo? ¿Tantos? Y de mí dependen que disminuyan…

Dime a quién admiras, quién es el que más te entusiasma, y yo te diré quién eres.

Si admiras al rico, eres un hombre de pensar materialista.

Si quieres codearte continuamente con los poderosos y ellos te entusiasman, eres ambicioso.

Si tu ideal es el hombre honrado, el hombre de carácter, tú también lo eres.

Así veras que el joven que con frecuencia se hace semejantes preguntas en sus adentros, poco a poco, por un lento trabajo de años, llegará a conocerse, y después de la secundaria, no le costará mucho escoger con acierto la carrera que le convenga.

              (Mons. Tihamér Tóth, “El Joven de Carácter”, Nueva Edición, 2009)

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Provincia Nuestra Señora de Luján, Argentina

Joven de Caracter
“el espíritu del mal ha de encontrarte siempre trabajando”

QUIETI, NON OTIO


“Para el descanso, no para el ocio”


 Naturalmente, también es necesario que descanses, que rehagas tus fuerzas y que suspendas un poco el trabajo. El arco siempre tendido pierde su elasticidad, su fuerza de tensión. Pero el descanso debe ser acumulación de fuerzas y no tiempo perdido por pereza. Sólo descansa quien antes trabajó. Quien “descansa” sin trabajo previo, pierde el día.

Los romanos solían poner esta inscripción a la entrada de su finca veraniega: Quieti, non otio. “Para el descanso, no para el ocio”. Era un lema sabio. El descanso y la pereza son conceptos que se excluyen. Por lo tanto, el descanso nunca debe ser para ti una inactividad completa. Siempre tienes que buscar algún quehacer, sea cual fuese. No quiero decirte con esto que no interrumpas el estudio; pero busca otra cosa en qué ocuparte.

No te censuro si durante las vacaciones de verano dejas en paz el álgebra y la trigonometría y concedes un rato de sueño al buen viejo Tucídides, a Eurípides, a Tácito y a Salustio. Pero…, como dice un poeta alemán: “Se puede hacer algo en el descanso, y se puede descansar algo en el trabajo”. (Longau).

Aunque no vivas en una hermosa región montañosa, esto no impide que hagas excursiones agradables, que no sólo darán vigor a tu salud corporal, sino que brindarán aire fresco a tu alma. Si estás en un grupo de scouts que tiene buen jefe (acentúo: que tiene buen jefe), entonces el campamento de vacaciones te ayudará a pasar de una manera incomparablemente valiosa una parte de tu tiempo. Dedícate a algún trabajo manual que da habilidad. Por lo mismo, paseos, excursiones, trabajos manuales, lectura, deportes: todo esto es excelente descanso para las vacaciones.

Haz cualquier cosa con tal que no te aburras.

Ahora, quiero hacerte ver una verdad interesante: el aburrimiento no es tan sólo un peligro para el alma, sino también para el cuerpo; la inactividad socava la salud más que el trabajo; por lo tanto el que se aburre acorta su vida. Nunca lo habrías pensado, ¿verdad?

“Pero con la inactividad vamos ahorrando fuerzas” – dices. Pues, escucha con atención. El que se aburre, empieza a bostezar. ¿Cuándo bosteza el hombre? Cuando la sangre no encuentra camino libre para llegar a los pulmones. Debido al tedio, el corazón y las venas no saben trabajar debidamente. Si la inactividad dura mucho tiempo, sobrevendrán desórdenes en la circulación de la sangre; los órganos de la digestión también perderán el vigor de su actividad; debido a todo esto, notaremos un estado de agotamiento, de anemia; en una palabra, nuestra vida acostumbrada se trastorna.

Observa también, ¿cuándo cometen los hombres más maldades, crímenes, asesinatos, riñas? Cuando están ociosos, y no durante el trabajo.

Tú también has podido experimentar en ti mismo que durante el curso, cuando estás abrumado de trabajo, te resulta mucho más fácil guardar tu alma de los malos pensamientos y del pecado, que durante las vacaciones, en que no tienes urgentes quehaceres. La lengua alemana tiene la misma palabra, faul, para las expresiones “perezoso” y “podrido”. Como si dijera: el alma de quien pasa su tiempo en la vagancia, no deja de podrirse sin remedio. Never to be doing nothing, fu la magnífica divisa de Walter Scott: “No estar jamás ocioso”.

Todos los estudiantes esperan rebosando de alegría, las largas vacaciones de verano, y bien las merecen los que han trabajado seriamente todo el año. Después de tanto estudiar, bien está soltar los libros, dormir algo más; pero nunca está bien pasar el rato en la cama despierto, entregado a la pereza. Porque sólo el cuerpo puede abandonarse a la pereza; el espíritu trabaja continuamente, concibe nuevas ideas; y si no da buen grano, dará espinas, malas hierbas y maleza de todo tipo.

El espíritu humano trabaja continuamente, como el molino: si echas en él buen grano, le convierte en blanca harina; si no le das alimento, si estás ocioso, se muele a sí mismo.

No olvides nunca el excelente consejo que San Jerónimo dio al joven Nepociano: Semper te diabolus occupatum inveniat, “el espíritu del mal ha de encontrarte siempre trabajando”, y entonces no tienes de qué temer.

Aunque no crezca en el jardín más que un ligero césped, ya es más difícil que cardos y malas hierbas echen allí raigambre, en el barbecho. Por lo tanto, si no haces absolutamente nada en las vacaciones, las malas hierbas y la perdición se adueñarán de tu alma.

Las vacaciones ofrecen ocasión excelente para la lectura. Lo que tengo aconsejado respecto a la lectura en mi libro El joven de porvenir, nunca podrás cumplirlo con más facilidad que en los días de vacaciones.

Las vacaciones son además, una gran prueba, porque atraviesa tu religiosidad. Entonces es cuando se hace patente hasta qué punto es sólida la religiosidad de tu alma. Durante el año, de buen grado o mal que te pese, debes asistir a la misa de los estudiantes, debes confesarte en los días señalados, etc. En cambio, ahora nadie te apremia, nadie te vigila. Pero si descuidas estas obligaciones, ¡no eres joven de carácter!

Ve entonces, qué tiempo más útil el de las vacaciones, aunque al parecer no estudies nada. Sólo en apariencia. En otoño parece que los árboles no trabajan, y es que reúnen fuerzas para sacar las hojas en primavera. Las vacaciones son también una especie de acumulación de fuerzas para los brotes tiernos del trabajo en el próximo curso.

Naturalmente, también es necesario que descanses, que rehagas tus fuerzas y que suspendas un poco el trabajo. El arco siempre tendido pierde su elasticidad, su fuerza de tensión. Pero el descanso debe ser acumulación de fuerzas y no tiempo perdido por pereza. Sólo descansa quien antes trabajó. Quien “descansa” sin trabajo previo, pierde el día.

Los romanos solían poner esta inscripción a la entrada de su finca veraniega: Quieti, non otio. “Para el descanso, no para el ocio”. Era un lema sabio. El descanso y la pereza son conceptos que se excluyen. Por lo tanto, el descanso nunca debe ser para ti una inactividad completa. Siempre tienes que buscar algún quehacer, sea cual fuese. No quiero decirte con esto que no interrumpas el estudio; pero busca otra cosa en qué ocuparte.

No te censuro si durante las vacaciones de verano dejas en paz el álgebra y la trigonometría y concedes un rato de sueño al buen viejo Tucídides, a Eurípides, a Tácito y a Salustio. Pero…, como dice un poeta alemán: “Se puede hacer algo en el descanso, y se puede descansar algo en el trabajo”. (Longau).

Aunque no vivas en una hermosa región montañosa, esto no impide que hagas excursiones agradables, que no sólo darán vigor a tu salud corporal, sino que brindarán aire fresco a tu alma. Si estás en un grupo de scouts que tiene buen jefe (acentúo: que tiene buen jefe), entonces el campamento de vacaciones te ayudará a pasar de una manera incomparablemente valiosa una parte de tu tiempo. Dedícate a algún trabajo manual que da habilidad. Por lo mismo, paseos, excursiones, trabajos manuales, lectura, deportes: todo esto es excelente descanso para las vacaciones.

Haz cualquier cosa con tal que no te aburras.

Ahora, quiero hacerte ver una verdad interesante: el aburrimiento no es tan sólo un peligro para el alma, sino también para el cuerpo; la inactividad socava la salud más que el trabajo; por lo tanto el que se aburre acorta su vida. Nunca lo habrías pensado, ¿verdad?

“Pero con la inactividad vamos ahorrando fuerzas” – dices. Pues, escucha con atención. El que se aburre, empieza a bostezar. ¿Cuándo bosteza el hombre? Cuando la sangre no encuentra camino libre para llegar a los pulmones. Debido al tedio, el corazón y las venas no saben trabajar debidamente. Si la inactividad dura mucho tiempo, sobrevendrán desórdenes en la circulación de la sangre; los órganos de la digestión también perderán el vigor de su actividad; debido a todo esto, notaremos un estado de agotamiento, de anemia; en una palabra, nuestra vida acostumbrada se trastorna.

Observa también, ¿cuándo cometen los hombres más maldades, crímenes, asesinatos, riñas? Cuando están ociosos, y no durante el trabajo.

Tú también has podido experimentar en ti mismo que durante el curso, cuando estás abrumado de trabajo, te resulta mucho más fácil guardar tu alma de los malos pensamientos y del pecado, que durante las vacaciones, en que no tienes urgentes quehaceres. La lengua alemana tiene la misma palabra, faul, para las expresiones “perezoso” y “podrido”. Como si dijera: el alma de quien pasa su tiempo en la vagancia, no deja de podrirse sin remedio. Never to be doing nothing, fu la magnífica divisa de Walter Scott: “No estar jamás ocioso”.

Todos los estudiantes esperan rebosando de alegría, las largas vacaciones de verano, y bien las merecen los que han trabajado seriamente todo el año. Después de tanto estudiar, bien está soltar los libros, dormir algo más; pero nunca está bien pasar el rato en la cama despierto, entregado a la pereza. Porque sólo el cuerpo puede abandonarse a la pereza; el espíritu trabaja continuamente, concibe nuevas ideas; y si no da buen grano, dará espinas, malas hierbas y maleza de todo tipo.

El espíritu humano trabaja continuamente, como el molino: si echas en él buen grano, le convierte en blanca harina; si no le das alimento, si estás ocioso, se muele a sí mismo.

No olvides nunca el excelente consejo que San Jerónimo dio al joven Nepociano: Semper te diabolus occupatum inveniat, “el espíritu del mal ha de encontrarte siempre trabajando”, y entonces no tienes de qué temer.

Aunque no crezca en el jardín más que un ligero césped, ya es más difícil que cardos y malas hierbas echen allí raigambre, en el barbecho. Por lo tanto, si no haces absolutamente nada en las vacaciones, las malas hierbas y la perdición se adueñarán de tu alma.

Las vacaciones ofrecen ocasión excelente para la lectura. Lo que tengo aconsejado respecto a la lectura en mi libro El joven de porvenir, nunca podrás cumplirlo con más facilidad que en los días de vacaciones.

Las vacaciones son además, una gran prueba, porque atraviesa tu religiosidad. Entonces es cuando se hace patente hasta qué punto es sólida la religiosidad de tu alma. Durante el año, de buen grado o mal que te pese, debes asistir a la misa de los estudiantes, debes confesarte en los días señalados, etc. En cambio, ahora nadie te apremia, nadie te vigila. Pero si descuidas estas obligaciones, ¡no eres joven de carácter!

Ve entonces, qué tiempo más útil el de las vacaciones, aunque al parecer no estudies nada. Sólo en apariencia. En otoño parece que los árboles no trabajan, y es que reúnen fuerzas para sacar las hojas en primavera. Las vacaciones son también una especie de acumulación de fuerzas para los brotes tiernos del trabajo en el próximo curso.

abajo. El arco siempre tendido pierde su elasticidad, su fuerza de tensión. Pero el descanso debe ser acumulación de fuerzas y no tiempo perdido por pereza. Sólo descansa quien antes trabajó. Quien “descansa” sin trabajo previo, pierde el día.

Los romanos solían poner esta inscripción a la entrada de su finca veraniega: Quieti, non otio. “Para el descanso, no para el ocio”. Era un lema sabio. El descanso y la pereza son conceptos que se excluyen. Por lo tanto, el descanso nunca debe ser para ti una inactividad completa. Siempre tienes que buscar algún quehacer, sea cual fuese. No quiero decirte con esto que no interrumpas el estudio; pero busca otra cosa en qué ocuparte.

No te censuro si durante las vacaciones de verano dejas en paz el álgebra y la trigonometría y concedes un rato de sueño al buen viejo Tucídides, a Eurípides, a Tácito y a Salustio. Pero…, como dice un poeta alemán: “Se puede hacer algo en el descanso, y se puede descansar algo en el trabajo”. (Longau).

Aunque no vivas en una hermosa región montañosa, esto no impide que hagas excursiones agradables, que no sólo darán vigor a tu salud corporal, sino que brindarán aire fresco a tu alma. Si estás en un grupo de scouts que tiene buen jefe (acentúo: que tiene buen jefe), entonces el campamento de vacaciones te ayudará a pasar de una manera incomparablemente valiosa una parte de tu tiempo. Dedícate a algún trabajo manual que da habilidad. Por lo mismo, paseos, excursiones, trabajos manuales, lectura, deportes: todo esto es excelente descanso para las vacaciones.

Haz cualquier cosa con tal que no te aburras.

Ahora, quiero hacerte ver una verdad interesante: el aburrimiento no es tan sólo un peligro para el alma, sino también para el cuerpo; la inactividad socava la salud más que el trabajo; por lo tanto el que se aburre acorta su vida. Nunca lo habrías pensado, ¿verdad?

“Pero con la inactividad vamos ahorrando fuerzas” – dices. Pues, escucha con atención. El que se aburre, empieza a bostezar. ¿Cuándo bosteza el hombre? Cuando la sangre no encuentra camino libre para llegar a los pulmones. Debido al tedio, el corazón y las venas no saben trabajar debidamente. Si la inactividad dura mucho tiempo, sobrevendrán desórdenes en la circulación de la sangre; los órganos de la digestión también perderán el vigor de su actividad; debido a todo esto, notaremos un estado de agotamiento, de anemia; en una palabra, nuestra vida acostumbrada se trastorna.

Observa también, ¿cuándo cometen los hombres más maldades, crímenes, asesinatos, riñas? Cuando están ociosos, y no durante el trabajo.

Tú también has podido experimentar en ti mismo que durante el curso, cuando estás abrumado de trabajo, te resulta mucho más fácil guardar tu alma de los malos pensamientos y del pecado, que durante las vacaciones, en que no tienes urgentes quehaceres. La lengua alemana tiene la misma palabra, faul, para las expresiones “perezoso” y “podrido”. Como si dijera: el alma de quien pasa su tiempo en la vagancia, no deja de podrirse sin remedio. Never to be doing nothing, fu la magnífica divisa de Walter Scott: “No estar jamás ocioso”.

Todos los estudiantes esperan rebosando de alegría, las largas vacaciones de verano, y bien las merecen los que han trabajado seriamente todo el año. Después de tanto estudiar, bien está soltar los libros, dormir algo más; pero nunca está bien pasar el rato en la cama despierto, entregado a la pereza. Porque sólo el cuerpo puede abandonarse a la pereza; el espíritu trabaja continuamente, concibe nuevas ideas; y si no da buen grano, dará espinas, malas hierbas y maleza de todo tipo.

El espíritu humano trabaja continuamente, como el molino: si echas en él buen grano, le convierte en blanca harina; si no le das alimento, si estás ocioso, se muele a sí mismo.

No olvides nunca el excelente consejo que San Jerónimo dio al joven Nepociano: Semper te diabolus occupatum inveniat, “el espíritu del mal ha de encontrarte siempre trabajando”, y entonces no tienes de qué temer.

Aunque no crezca en el jardín más que un ligero césped, ya es más difícil que cardos y malas hierbas echen allí raigambre, en el barbecho. Por lo tanto, si no haces absolutamente nada en las vacaciones, las malas hierbas y la perdición se adueñarán de tu alma.

Las vacaciones ofrecen ocasión excelente para la lectura. Lo que tengo aconsejado respecto a la lectura en mi libro El joven de porvenir, nunca podrás cumplirlo con más facilidad que en los días de vacaciones.

Las vacaciones son además, una gran prueba, porque atraviesa tu religiosidad. Entonces es cuando se hace patente hasta qué punto es sólida la religiosidad de tu alma. Durante el año, de buen grado o mal que te pese, debes asistir a la misa de los estudiantes, debes confesarte en los días señalados, etc. En cambio, ahora nadie te apremia, nadie te vigila. Pero si descuidas estas obligaciones, ¡no eres joven de carácter!

Ve entonces, qué tiempo más útil el de las vacaciones, aunque al parecer no estudies nada. Sólo en apariencia. En otoño parece que los árboles no trabajan, y es que reúnen fuerzas para sacar las hojas en primavera. Las vacaciones son también una especie de acumulación de fuerzas para los brotes tiernos del trabajo en el próximo curso.

(Mons. Tihamér Tóth, “El Joven de Carácter”, Nueva Edición, 2009)

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