El Sembrador

Reflexiones para el Crecimiento Espiritual ……………………………………Instituto del Verbo Encarnado

Boletín Nº 94

Joven ÁgaveTRISTE NOCHE DE AÑO NUEVO

No olvides, hijo mío, el único pensamiento que vibra en cada frase de este libro: en ti está latente un tesoro inmenso; y es: tu alma inmortal.

Obligación tuya es adornar tu alma para que sea lo más ideal posible, lo más hermosa, lo más rica en nobles virtudes.

La vida eterna de todos estará en consonancia con la seriedad y esmero que hayan puesto en el perfeccionamiento de su alma en la vida terrena.

Hay una planta interesante, el ágave. Se cuenta que sólo florece cada cien años, pero su flor tiene una belleza incomparable. Se prepara durante cien años para aquel día de esplendor; reúne fuerzas, va vistiéndose con un trabajo silencioso que nadie nota durante la centuria. Cuando llega la hora, despliega los pétalos frescos de su flor y cautiva con su hechizo a los hombres que van a admirarla.

Amado hijo: tú también debes ser un ágave en flor.

Debes aplicar todas tus fuerzas en alcanzar este único propósito: tengo que hacer brotar en mí la excelsa flor que se llama carácter.

Soy un ángel que crece.

Soy un capullo que se abre.

Soy un sembrado que promete.

Trabajaré sin cesar en mi alma durante mi juventud; podaré los retoños silvestres; reuniré fuerzas para llegar a ser un hombre de carácter en quien encuentren satisfacción los mismos ángeles del cielo.

Hay que redimir al alma, y el precio de este rescate es el combate. Los deseos del cuerpo no se compaginan con los anhelos elevados del alma, y entonces estalla la lucha. La gran lucha por la libertad del alma.

La cuestión es saber quién en la casa debe ser el dueño: ¿el señor o el criado? ¿Quién debe tener en sus manos el timón del buque: ¿el capitán o el fogonero? ¿Qué ruta debe emprender el barco de mi vida: ¿deberá errar entre rocas y escollos, abriéndose una brecha en el costado, padeciendo continuamente; o ir como la flecha despedida del arco, hacia el puerto de la patria? Al final de todo, ¿dónde debe atracar el buque?: ¿en las playas de la felicidad perdurable o en la desesperación de la ruina sempiterna?

Pues bien: ¿no vale la pena luchar por un buen fin?

Un escritor célebre, Jean Paul, describe de manera conmovedora la desesperación íntima de un hombre que naufragó en su fe.

 “En la noche de Año Nuevo, un anciano medita solitariamente, junto a la ventana de su cuarto. Con angustiosa mirada observa el cielo impasible, brillante, lleno de estrellas; la tierra silenciosa, envuelta en un manto de nieve. No hay en este mundo un corazón tan árido como el suyo ni alma tan atribulada. El sepulcro se abre ya ante sus pasos; él se encamina a la fosa y, espantado, nota que por equipaje de su vida, no trae más que un enjambre de errores y de pecados; un cuerpo quebrantado por los placeres y un alma envenenada. Como fantasmas aterradores, se arremolinan en su memoria los días hermosos de la juventud: aquella espléndida mañana de mayo en que su padre le puso por vez primera en el sendero de la vida para él desconocida. Aquel momento fatal, en que él, un joven de sonrientes esperanzas, pisó, en vez del camino pedregoso, pero apacible, de la virtud, del cumplimiento del deber y del trabajo, aquel otro de la voluptuosidad y del pecado; camino que le prometía gozo, pero arteramente lo precipitó al abismo. Una pena indecible tortura el corazón del anciano, cuando sollozando grita en el silencio de la noche: ¡Oh! ¡Si pudieran volver otra vez los años de mi juventud! ¡Oh, Padre mío, colócame otra vez en el cruce de los caminos de la vida, para que pueda escoger de otra manera!

La queja sollozante del anciano se pierde sin respuesta en el silencio de la fría noche invernal. No tendrá ya ocasión de escoger…”

Pero tú, hijo mío, estás aún ante el cruce de los caminos. Tú puedes escoger aún el camino recto.

No seas primavera sin flores.

No seas cielo sin estrellas.

No seas joven sin ideales nobles.

 

(Mons. Tihamér Tóth, “El Joven de Carácter”, Nueva Edición, 2009)

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